PRIMERA PONENCIA


ENTRE LA ESTÉTICA Y EL COMPROMISO CRISTIANO
D. Antonio María Calero de los Ríos, SDB

Instroducción: Las Hermandades en un momento crítico de inflexión

Las Hermandades, como la Iglesia de la que forman parte por su propia naturaleza, como la sociedad y el mundo en que la Iglesia vive y tiene que realizar su misión evangelizadora, están viviendo en el momento actual un momento verdaderamente crítico. Unos miembros de las Hermandades son conscientes de este decisivo momento; otros, tal vez menos o simplemente no. Sea como fuere, en cualquier situación de consciencia en que estemos, la realidad, la tozuda realidad, se nos impone y nos va haciendo sentir lo que algunos creyentes, dóciles al Concilio Vaticano II nos han ido diciendo a lo largo de las últimas décadas.

En efecto, hace años el Vaticano II en el análisis de la realidad que hizo nuestro tiempo, afirmó que "las circunstancias de vida del hombre moderno en el aspecto social y cultural han cambiado tan profundamente que se puede hablar con razón de una nueva época de la historia humana".

Si esto es así, los cristianos, en general, y los miembros de las Hermandades en particular, estamos llamados a sacar algunas e importantes consecuencias. En otras palabras, no podemos proseguir en nuestros conocimientos de fe, en nuestras prácticas religiosas y en las expresiones de nuestro testimonio, como si nada estuviera ocurriendo en el mundo y en nuestra sociedad. Si estamos viviendo en un mundo sometido a "cambios rápidos y profundos", si el mundo en general y la sociedad en particular está experimentando una auténtica "metamorfosis", se hace necesario, con una urgencia inaplazable, emprender la tarea de discernir los elementos verdaderamente esenciales de nuestra fe cristiana para ser capaces de traducirlos a los nuevos esquemas y a las nuevas formas de pensamiento que surgen en nuestro momento histórico.

Así lo entendió el Vaticano II emplazando a toda la Iglesia -por consiguiente también y de una forma específica a los laicos, a "escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la futura y sobre la mutua relación entre ambas".

El momento crítico que viven nuestras Hermandades puede desembocaren alguna de estas serias consecuencias y comportamientos institucionales:

- Evolucionar hacia lo estrictamente cultural, empujadas por la sociedad laica.
- Centrarse en lo puramente cultural como en un refugio tradicional y gratificante.- Asumir con claridad de visión y valentía de espíritu el compromiso cristiano en sus diversas dimensiones: tanto dentro de la Iglesia como de cara a la sociedad.


Las Hermandades están hoy ante el reto de superar, con nota, la fácil o inmediata tentación de quedarse cómodamente instalada en el nivel de lo puramente estético o celebrativo. Es necesario hacer dialéctica: es decir, hay que reafirmar esos aspectos estéticos y celebrativos tan propios de las Hermandades pero al mismo tiempo estar seriamente comprometidos con los problemas eclesiales y sociales de nuestros días. No están los tiempos para quedarse, ni social ni eclesialmente, en los aspectos meramente externos.

Hecha esta breve Introducción, vengamos a los puntos que estructuran esta Ponencia.


I.- Una sociedad en profunda transformación.

1.1.
Una característica de nuestro tiempo es moverse en gran medida por las frases hechas, por los tópicos, por la sugestión de la publicidad, por las primeras impresiones, por el marketing, por los convencionalismos.

Según esos parámetros es posible que, cuando oímos afirmar que estamos en unos tiempos nuevos, que la historia corre a velocidades vertiginosas, que lo de hoy no vale ya para pasado mañana, pensemos que se trata de uno de esos tópicos a los que acabamos de aludir. Y sin embargo, si atendemos a los hechos, tenemos que concluir que se trata de una innegable realidad objetiva por sorprendente que pueda parecernos. Lo que ocurres es que, como estamos metidos de lleno en el vértigo del atropellamiento de los acontecimientos, de las nuevas técnicas, de la sucesión vertiginosa de noticias, no nos damos cuenta de la prodigiosa velocidad con que gira la tierra alrededor de sí misma para que podamos encontrarnos mañana de nuevo "en el mismo sitio", "a la misma hora".

1.2. De tal forma es una realidad objetiva la rápida evolución de todo el entorno en que nos movemos (técnica, cultura, valores sociales, familia, actitud religiosa) que hoy el "cambio" ha pasado de ser una simple constatación de los hechos y acontecimientos a convertirse en una auténtica "categoría" mental. Hoy se piensa en clave de "cambio": desde la constitución de matrimonio hasta los electrodomésticos, la vivienda, y otras muchas realidades superficiales. El hombre actual, particularmente la juventud, siente una especia de alergia frente a lo definitivo, lo fijo, lo inmutable, lo de "toda la vida de Dios". Cambiar no es una cruz para el hombre contemporáneo: es una exigencia elemental.

1.3. La sociedad actual se caracteriza, además, por un pronunciado y aceptado o al menos tolerado pluralismo. En verdad, el pluralismo ha existido desde que el hombre existe sobre la tierra. Ya decían los clásicos: "tot capita, tot sententiae": 'tantas cabezas, tantos pareceres'. Es cierto : el hombre es un ser esencialmente pluralista al ser alguien capaz de percibir la realidad de múltiples formas, de enfocar los problemas de maneras muy distintas, de elaborar los datos que se perciben desde parámetros y categorías muy diversas.

Posiblemente lo nuevo de nuestra situación es el haber saltado a la sociedad esa múltiples formas de pensamiento, de vida, de comportamientos, y ser comprensivos con todas ellas hasta formas incluso de indiferencia, de igualitarismo, de despreocupación.

Acostumbrados a una pronunciada uniformidad -más en la Iglesia que en la sociedad-, el pluralismo causa en no pocos cristianos preplejidad, confusión, desorientación profunda. Se siente un cierto alivio cuando nos encontramos guiados por pensamiento fuere, por orientaciones bien claras y determinadas, por criterios firmes e inamovibles. De ahí, la situación de perplejidad y desorientación, sobre todo en el campo moral, que puedan sentir no pocos cristianos en los años que vivimos.

Como quiera que el cristianismo pertenece por igual a la ciudad temporal y a la ciudad eterna, teniendo una doble e irrenunciable ciudadanía, el pluralismo que encontramos en la sociedad (cultural, económico, social, político, religioso y hasta eclesial) no puede menos que afectarnos. Un pluralismo que nos deja con insistente frecuencia perplejos, con una profunda e incómoda sensación de estar "viviendo a la intemperie", sin principios firmes y seguros, como "flotando" en una sociedad que carece de bases y fundamentos sólidos y estables.

Este es el contexto en el cual viven y se desarrollan nuestras Hermandades.


II.- Claves de interpretación del fenómeno social/eclesial de las Hermandades.

Las Hermandades, como todo fenómeno humano, son susceptibles de diversos y complementarias interpretaciones:

2.1. Se presentan ante todo como un fenómeno social que, como tal, puede y debe ser interpretado desde una clave antropológica. ¿Qué clase de agrupación son? ¿Qué caracterología tienen los miembros que se adscriben a las Hermandades? ¿Auténtica Religiosidad? ¿Pura tradición? ¿Piedad algo primitiva? ¿Deseo de expiación sobre todo en los que hacen la Estación de Penitencia cargando cruces, descalzos, en total y riguroso silencio?

2.2. Tienen, además, aspectos bien interesantes como realidad histórica que son, nacidas en un tiempo determinado, con unos fines determinados, en un contexto social y cultural determinado. Son susceptibles, por tanto, de ser interpretadas desde una clave puramente cultural.

2.3. Nacieron, por otra parte, en la Iglesia. La matris de las Hermandades es, por más que se quiera olvidar en algunos ambientes, en la Iglesia. La Iglesia de un tiempo determinado, con unas claves teológicas determinadas pero superables por la conciencia eclesial que va apareciendo progresivamente en el tiempo. La clave eclesial, por tanto, es imprescindible. Y así como la Iglesia no ha quedado momificada ni fijada definitivamente un tiempo determinado, sino que ha sido objeto de un "aggiornamento" constante dentro de la invariabilidad de su esencia más profunda, de forma semejante las Hermandades no pueden ser comunidades eclesiales que se petrifican en "aggiornamento" querido y postulado por el Concilio Vaticano II para toda la Iglesia, tiene que ser alegre y sinceramente asumido por todas las Hermandades. La eclesialidad de las Hermandades exige de todas ellas, comenzando por las Juntas de Gobierno, una recepción cordial y operativa de las directrices impartidas por el Concilio para toda la Iglesia.


III.- Ante el desarío de una Nueva Evengelización.

3.1. En la actualidad la Iglesia se encuentra literalmente en una situación misionera de diáspora muy similar a la que vivía en el momento de Pentecostés. Y así como entonces los Apóstoles emprendieron la apasionante tarea de llevar la Buena Nueva del Evangelio a todos los hombres "hasta los confines de la tierra" (Mc 15,15), de forma semejante los miembros de la Iglesia tenemos que emprender hoy una Nueva Evangelización. Así lo repitió una y otra vez el Papa Juan Pablo II.

Ahora bien, como en la primera evanelización el Espíritu fue el indudable protagonista, así también hoy, al emprender la tarea de una Nueva Evangelización, el Espíritu tiene que seguir siéndolo. El Espíritu, en efecto, es creatividad, novedad, audacia, valentía, juventud, fidelidad dinámica, sorpresa, respuesta inédita, luz, fuerza, ímpetu misionero, apertura al futuro. Por eso, frente a los retos de una Nueva Evangelización, sólo el Espíritu puede asegurar a la Iglesia la proporcionalidad requerida para dar una respuesta adecuada a tales desafíos; sólo el Espíritu -que hace nueva todas las cosas: 2Cor 5,17; 2Pe 3,13; Ap 21,5; Is 43,19-, puede hacer capaz a la Iglesia de emprender el camino de una Evangelización que sea "nueva en su ardor", "nueva en sus métodos" y "nueva en sus expresiones".

3.2. A mi parecer pueden señalarse cinco ámbitos o campos en los que, con verdadera prioridad, los miembros de las Hermandades deben comprometerse en el momento actual de la sociedad:

1º. Ante todo, es preciso afrontar el problema de Dios para el hombre de hoy. Dos serias cuestiones se plantean en relación con este problema.

En primer lugar, la aparente in-utilidad de Dios para el hombre. En la cultura de la inmediatez y de la eficacia que parece predominar en el Occidente, se llega a plantear esta seria y radical pregunta: en definitiva ¿para qué sirve Dios? La respuesta en no pocos casos es esta: ¡para nada! Esta constatación y esta conclusión terminante es la que está en la raíz de la progresiva indiferencia religiosa que se constata sobre todo en las jóvenes generaciones. Para una gran multitud de jóvenes el problema de Dios ni les trae ni les lleva, sencillamente "no les interesa". Si existe como si no existe Dios, no es algo que les mueva, les oriente en la vida o les haga cambiar de ruta. La indiferencia religiosa como el ateismo práctico (pacífico por otra parte, no combativo), es algo que se practica e impone en la sociedad occidental con la mayor naturalidad del mundo.

Esta situación plantea a nuestras Hermandades algunas preguntas que hay que acoger con total claridad y a las que hay que dar una respuesta realmente valiente. ¿Sirve Dios para algo? ¿para qué en concreto? ¿cómo es el Dios que presentan nuestras Hermandades a la sociedad en que viven? ¿qué grado de coherencia produce en nuestras vidas la fe en ese Dios en quien decimos creer? ¿qué calidad de testimonio creyente dan nuestras Hermandades? Dios: ¿ayuda o estorba al hombre en su anhelo de crecer?

Son preguntas que no pueden dejar indiferentes a nuestras Hermandades como si no fueran con nosotros. Sigue teniendo palpable actualidad el severo juicio emitido a este propósito en su día por el Concilio Vaticano II: "en esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más que revelado el verdadero rostro de Dios y de la religión".

El mismo Concilio, en un espléndido texto, dio respuesta a los que piensan que Dios es el contrincante del hombre y que, por consiguiente, la fe en Dios es un verdadero estorbo para el crecimiento del hombre. Merece la pena escucharlo: "los cristianos, lejos de pensar que las conquistas pensabas por el hombre se oponen al poder de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el Creador, están, por el contrario, persuadidos de que las victorias de los hombres son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de un inefable designio. Cuanto más se acrecienta el poder del hombre, más amplia es su responsabilidad individual y colectiva. De donde se sigue que el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación del mundo ni los lleva a despreocuparse del bien ajeno, sino que, al contrario, les impone como deber hacerlo".

2º. Un segundo grave problema al que en la actualidad es preciso hacer frente es el verdadero y creciente descrédito en que vive la Iglesia. Por doloroso y preocupante que sea, es preciso reconocer que, hoy por hoy, la Iglesia es una Institución "desacreditada".

Es cierto que todos admiran a la Madre Teresa de Calcuta, a los misioneros y misioneras que entregan generosamente sus vidas de forma altruista y gratuita. Pero, se dice, esos son minoría. La Iglesia, sobre todo jerárquica, cada vez se ve más alejada de los problemas reales de los hombres, más monolítica, más verticalista, menos al paso de la historia con su ritmo vertiginoso e imparable.

Un reconocido sociólogo de nuestros días ha escrito a este propósito: "el protagonismo la Iglesia española ha cedido el paso a su progresiva estigmatización social. Entre las instituciones que cuentas para algo en la vida española y en las que se confía, la Iglesia ocupa invariablemente los últimos lugares (2,2% frente al 50% de la familia, el 39% de los amigos, y el 21% de "la calle"). Incomprensible para mí, como ejemplo más lacerante, que los jóvenes la valoren por debajo de las empresas multinacionales, tan odiadas en general por aquéllos, y de la justicia, tan desacreditada".

La constatación generalizada de que a la Misa dominical asisten en forma casi exclusiva adultos y personas mayores es algo que hacemos todos con nostalgia y preocupación. Evidentemente no puede ser una razón de esperanza la cantidad de bautizos que se siguen haciendo, las Primeras Comuniones que se siguen teniendo en Parroquias y Colegios, o las numerosas Bodas que se siguen celebrando en nuestras Iglesias. Todos somos conscientes de que hay muchos más bautizados que cristianos comprometidos; existen muchas más Primeras Comuniones que "segundas comuniones" o "comuniones semanales"; entre los casados sacramentalmente, un número preocupante (por encima de un sesenta por ciento según los datos de la Sagrada Rota Romana), son parejas que se divorcian a los pocos años; a veces a las pocas semanas.

Quiero decir con esta consideración que la frecuencia (todavía) de Sacramentos no es un índice indudable del aprecio que nuestra sociedad tiene por la Iglesia como "Institución".

El Concilio Vaticano II, frente a una Fe cristiana entendida y muchas veces vivida como una realidad absolutamente subjetiva e intimista, alumbró una nueva Eclesiología de cuyo eje central es "la comunión". Así lo reconoció oficialmente el Sínodo de los Obispos celebrado en Roma en el año 1985 a los 25 años de la clausura del propio Concilio: "La eclesiología de comunión es una idea central y fundamental en los documentos del Concilio. Koinonía/comunión, fundadas en la Sagrada Escritura, son tenidas en gran honor en la Iglesia antigua y en las Iglesias orientales hasta nuestros días. Desde el Concilio Vaticano II se ha hecho mucho para que se entendiera más claramente a la Iglesia como comunión, y se llevara esta idea más concretamente a la vida".

A partir de esta idea, que en realidad es una auténtica y exigente 'categoría teológica', el Papa Juan Pablo señaló la "espiritualidad de comunión" como una de las prioridades y exigencias que se derivaban del Año Jubilar 2000. Merece la pena oír las palabras del Papa: "Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: este es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y esponder también a las profundas esperanzas del mundo". Y para que esta hermosa doctrina no se quede en la mera teoría, propone el Papa pasos concretos a ir dando en la construcción inacabada e inacabable de la comunión entre nosostros: profundizar en el Misterio de la Trinidad, sentir al hermano 'como uno que me pertenece', ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, 'dar espacio' al hermano en el propio corazón.

Las Hermandades deben recordar, sobre todo a la luz de estas palabras del Papa, que, en virtud de su propia naturaleza (Hermandad quiere decir "conjunto de hermanos" ), tienen que ser particularmente sensibles a esta línea espiritual que atraviesa toda la condición eclesial del cristiano. Por eso, nada más escandaloso que las rencillas, camarillas, grupos o grupitos de presión, zancadillas y otros comportamientos igualmente anticomunitarios que puedan darse en el seno de las Hermandades. Y por eso también, una de las preocupaciones fundamentales de toda Junta de Gobierno tiene que ser la construcción entre todos de una comunión que no sea una farsa, una mera apariencia, fruto del cálculo, de la política, del disimulo o de la hipocresía. Hay que ser auténticos y sinceros en la "comunión" de unos con otros.

Por lo demás, concluye el Papa su reflexión con estas severas y exigentes palabras: "no nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento".

Dos consecuencies inmediatas es preciso sacar de esta profunda enseñanza de Juan Pablo II:

- Ante todo, hay que superar con toda la energía posible la Fe intimista e individualista que caracteriza con demasiada frecuencia la piedad de nuestros Hermanos y Hermanas. La uténtica Fe cristiana es siempre una Fe eclesial, es decir, una Fe que se tiene que vivir de forma personal dentro y junto con los demás bautizados.

- En segundo lugar, hay que juzgar y valorar, a la luz de estas palabras, la celebración de los diversos Cabildos (generales, de cuentas, de salida, etc.), de nuestras Juntas de Gobierno, de todos los momentos institucionales que constan en las Reglas de nuestras Hermandades.

3º. Un tercer y serio problema es "la corresponsabilidad de los laicos" dentro de la Iglesia.

Después de largos siglos de total pasividad de los laicos en la vida y actividad de la Iglesia, el Concilio Vaticano II abordó de manera formal y directa por primera vez en la historia de la Iglesia el tema del laicado. Le dedicó a este tema nada menos que un entero capítulo en el Documento central del propio Concilio (la Constitución dogmática Lumem Gentium), más otro Decreto específico en que se abordan y establecen aspectos concretos de la vida y actuación de los laicos en la Iglesia.

Recordó a los ministros ordenados, y en primer lugar a los obispos, que la Misión de la Iglesia ha sido encomendada a todos los bautizados. Que, por consiguiente, la raíz del compromiso al que el cristiano está llamado no es el "mandato" que le puedan conceder los obispos o los presbíteros, sino su condición radical de "bautizados". Por el puro y simprel hecho de ser bautizado, el cristiano tiene que asumir el compromiso de ser testigo y misionero en el mundo.

Hoy más que nunca, la Iglesia necesita un laicado "maduro", "adulto", "corresponsable". El Concilio llegó a afirmar: "la Iglesia no está verdaderamente formada, no vivie plenamente, no es señal perfecta de cristo entre los hombers, en tanto no exista y trabaje con la Jerarquía un laicado propiamente dicho. Porque el Evangelio no puede penetrar profundamente en las conciencias, en la vida y en el trabajo de un pueblo sin la presencia activa de los seglares. Por ello, ya al tiempo de fundar la Iglesia, hay que atender sobre todo a la constitución de una maduro laicado cristiano".

Los miembros de las Hermandades tiene que ser, ante todo y sobre todo, hombres y mujeres de Iglesia. Hombres y mujeres en los que brillen en primer lugar las llamadas virtudes humanas: el dominio de la propia profesión, el sentido familiar y cívico, las virtudes que se refieren a las relaciones sociales, la honradez, el espíritu de justicia, la sinceridad, los buenos sentimientos, la fortaleza del alma, "sin las cuales -dice el Vaticano II- no puede darse una auténtica vida cristiana". Hombres y mujeres muy conscientes de que a la Iglesia y en particular a las Hermandades no se viene a escalar puestos más o menos honoríficos y a gozar de privilegios y prebendas, sino a servir y muy especialmente a ser "testigos" de Cristo (Hch 1,8) en el hoy de la historia.

4º. De particular importancia, tanto en el ámbito social como en el ámbito eclesial, es el problema de la promoción de la mujer.

En la sociedad actual uno de los problemas y de los desafíos decisivos es la verdadera y auténtico promoción de la mujer. Si "el rostro de la pobreza -según un reciente informa de Cáritas española- es femenino, joven y sin formación", la promoción de la mujer debe comenzar, a mi entender, por ella misma: por hacerse respetar, con las innumerables consecuencias que esta sencilla afirmación lleva consigo: desde la superación definitiva de la mujer convertida en objeto y en reclamo publicitario para tantos y tantos productos (más o menos legítimos cuando no absolutamente rechazables), hasta la igualdad de salario e igualdad de trabajo, en el ocupar puestos de responsabilidad según las propias cualidades y la preparación personal, etc. Es esta una lucha en la que los miembros de las Hermandades han de comprometerse en primera línea precisamente porque aceptan lo que se dice en el libro del Génesis y porque siguen los ejemplos que nos dio Jesús de Nazaret en este campo concreto: la radical igualdad del varón y de la mujer (ish/ishá), al tiempo que el más profundo respeto a la mujer, incluso en aquellos en los que la propia mujer parece haberlo perdido (Cf. Gen 1,27; 2,18-24; Lc 8,1-3; Jn 8,3-11; 12,1-8).

Por otra parte, como campo específico dentro de la promoción de los laicos y particularmente urgente en la Iglesia, está el de la incorporación oficial de la mujer en las responsabilidades y estructuras eclesiales en sus diversos niveles. Teóricamente se comparte plenamente en la Iglesia la sensibilidad social frente al tema de la equiparación de la mujer con el varón. Pero en la líena de los hechos concretos y de las opciones operativas queda no poco camino que recorrer, siendo así que, en un porcentaje nada indiferente, la vida diaria de la Iglesia se desarrolla con verdadera pujanza gracias a la mujer: religiosas, consagradas, madres de familia, mujeres solteras. La Iglesia en
este punto concreto lleva años de retraso. Es esta, sin lugar a dudas, una de las grandes asignaturas pendientes en la comunidad eclesial. Se da además la paradoja de que, desde que comenzaron a construirse Templos e Iglesias, en el presbiterio de las mismas ha estado precisamente una mujer: la Santa Madre de Jesús.

5º. Finalmente, en el momento histórico que vivimos cobra una importancia que no puede dejar indiferente a nadie: es el problema de la inmigración.

La inmigración es, en la actual situación, como el compendio, la síntesis y el emblema de la pobreza generalizada en el mundo. Entre los inmigrantes se cuenta en este momento (julio de 2008) el mayor índice de paro laboral (el 16,2%); los inmigranes son, por antonomasia los sujetos pasivos del analfabetismo, del hambre, de las carencias afectivas más pronunciadas, del desarraigo humano más lacerante, de la explotación en sus más variadas formas.

Es cierto que muchas Hermandades están implicadas en la atención a niños pobres del mundo: bielorrusos, saharauis, rumanos, etc. Hay que felicitarse sinceramente por estas iniciativas. Hay que alentarlas e imitarlas. Pero, sobre todo, es preciso afrontar la situación de los inmigrantes en las poblaciones, sobre todo en las grandes ciudades, con iniciativas sistemáticas, permanentes, bien planificadas y sostenidas.

A este propósito es importante hacer una consideración que, aunque aplicada al problema concreto de la inmigración, tiene valor general de principio. Las Hermandades, que no tienen, como es obvio, el monopolio de la caridad: ni en la Iglesia ni en la sociedad, tiene que trabajar en estrecha colaboración con otras instituciones, eclesiales o sociales, evitando toda clase de protagonismo que pueda llevar a una auténtica vanidad colectiva. Queda siempre fija para la comunidad cristiana la pauta marcada por Jesús en el Evangelio: "que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha" (Mt 6,3). La colaboración entre todos los hombres de buena voluntad para hacer frente y resolver hasta donde sea posible los enormes problemas de los hombres es, sobre todo en este momento, una pauta de actuación marcada en su día por el Concilio Vaticano II: "gustosos colaboren con quienes buscan idénticos fines". Es este un camino en el que han de implicarse plenamente nuestras Hermandades.


IV.- Un camino estratégico.

Pues bien: todos estos problemas requieren, para ser abordados y resueltos con verdadera lucidez, acertada eficacia y valentía evangélica, mucho estudio, análisis objetivos y realistas, reflexión permanente y ponderada. En definitiva, requieren FORMACIÓN.

4.1. La Formación contínua viene exigida, ante todo, por el dinamismo del mundo. La técnica corre en la coyuntura actual a una velocidad que no deja respiro. No se ha comercializado un producto cuando ya se queda obsoleto: basta apelar a la experiencia de cada ama de casa. El campo de la técnica exige un estar constantemente al día. Y la técnica, de forma muy notable, ha desencadenado el dinamismo evolutivo de otros muchos campos en la cultura actual. Si vivimos en un nundo sometido a cambios rápidos y profundos, el hombre actual tiene que estar en actitud de formación permanente si no quiere quedarse definitivamente atrás.

De forma semejante, los cristianos tenemos que entrar en el dinamismo de la Formación contínua si no queremos quedarnos al margen de la historia, si no queremos quedar como sencillos objetos de museo: nobles y hermosos, pero objetos de museo. Ahora bien, Jesús no ha pensado como "fermento" destinado a fermentar la masa, como "semilla" llamada a fructificar: es decir, como realidad viva y vivificante, y no como realidad cosificada, momificada, como simples objetos de museo.

El "aggiornamento" de que habó Juan XXIII en la Apertura del Concilio Vaticano II (11 de octubre de 1962), es absolutamente imposible si no se aborda y se persevera en una dinámica de Formación permanente.

También en el ámbito de las Hermandades la FORMACIÓN se demuestra, cada vez más, un verdadero secreto estratégico para la necesaria renovación en todos los sentidos y ámbitos de las mismas.

4.2. Las instancias eclesiales, a partir del Concilio Vaticano II insisten, de forma sistemática y para todos los miembros de la Iglesia (ministros ordenados, releigiosos/as y seglares) en la absoluta y hasta urgente necesidad de la Formación contínua.

* En el Decreto sobre el apostolado de los seglares afirma el Vaticano II:

"El apostolado solamente puede conseguir su plena eficacia con una formación multiforme y completa. La exigen no solamente el continuo proceso espiritual y doctrinal del mismo seglar, sino también las diversas circunstancias, personas y deberes a los que tiene que acomodar su actividad". Prosigue diciendo: "esta formación, que hay que perfeccionar constantemente a causa de la madurez creciente de la persona humana y de la evolución de los problemas, exige un conocimiento cada vez más profundo y una acción cada vez más adecuada".

* Haciendo suya estas directrices del Concilio, el Papa Juan Pablo II dedicó, precisamente en la Exhortación apostólica Christifideles laici que tiene como argumento central la vocación del laico en la Iglesia, un entero capítulo (el Vº), a la Formación de los seglares. Haciendo suyas las apreciaciones del Sínodo de obispos de 1987, describe el Papa la formación cristiana como "un contínuo proceso personal de maduración en la fe y de configuración con Cristo, según la voluntad del Padre con la guía del Espíritu Santo". Precisamente por eso, "la formación de los fieles laicos se ha de colocar entre las prioridades de la diócesis y se ha de incluir en los programas de acción pastoral de modo que todos los esfuerzos de la comunidad (sacerdotes, laicos y relisiosos) concurran a este fin. Más adelante se refiere a aspectos concretos en que se realiza la Formación: "También los grupos, las asociaciones y los movimientos tienen su lugar en la formación de los fieles laicos. Tienen, en efecto, la posibilidad, cada uno con sus propios métodos, de ofrecer una formación profundamente injertada en la misma experiencia de vida apostólica, como también la oportunidad de completar, concretar y especificar la formación que sus miembros reciben de otras personas y comunidades".

* Por su parte, los obispos españoles desde hacea años instan, una y otra vez, a emprender o a proseguir un camino exigente y eficaz de Formación si que quiere contar con un laicado que esté a la altura de los desafíos que afronta en estos momentos el cristianismo, también y particularmente, en los países europeos.

Ya en la Instrucción pastoral Los católicos en la vida pública (1986), se habían referido a la necesidad de la Formación para afrontar con competencia y garantía los divesos campos a los que hay que llevar la Buena noticia del Evangelio: la educación y la cultura, la familia, las actividades profesionales y la política. Afirmaron en esa Instrucción pastoral que "la ayuda que las comunidades cristianas ofrecen de manera general a los cristianos para vivir la dimensión social y pública de su compromiso no es suficiente. Es necesario ofrecerles otras oportunidades de dormación y acompañamiento más especializadas que respondan a las características propias de los ambientes, profesiones u otras peculiaridades socio-culturales".

Años más tarde (1991), publicaron otro documento con el título Los cristianos laicos, Iglesia en el mundo, en el que además de los principios generales de la formación indicaban algunas 'líneas de acción'. El capítulo III, dedicado expresamente a la Formación de los laicos, se abre con esta tajante afirmación: "la formación de los laicos es una prioridad de máxima urgencia para toda la Iglesia. Y no sólo un interés único de ellos solos. Además, la actualidad de la formación pone de relieve sus nuevas connotaciones según el concepto de formación permanente o contínua, que a su vez juzga la formación y educación inicial. Esto quiere decir que la formación implica un dinamismo, una actividad, una metodología y una preocupación que abarcan toda la vida y que estimulan la autoformación basada en las responsabilidad personal".

* Los Obispos del Sur, como no podía ser menos, dada al amplitud y preponderancia de la realidad cofradiera en la vida eclesial, han escrito en diversos momentos sobre este argumento. En la Carta pastoral Las Hermandades y Cofradías (1988) dejaban constancia de esta preocupación formativa: "El mundo cambia continuamente y necesitamos adaptar el anuncio del Evangelio, nuestra espiritualidad y nuestro compromiso apostólico al medio social de cada época. La evangalización del hombre actual tiene como requisito la inculturación de la fe en el mundo en el que vivimos conservando 'el mandato sin tacha ni culpa hasta la Manifestación de nuestro Señor Jesucristo' (1Tim 6,14). Por tanto, en nuestra presentación y vivencia del Mensaje de Jesús es necesario revisar aquellos elementos que, siendo fruto de la inculturación en épocas y mentalidades pasadas, no resultan válidas hoy".

4.3.
Esta Formación está llamada a tener numerosos beneficios en la vida y desarrollo de las Hermandades en el momento histórico que vivimos.

4.3.1. Ante tod, la Formación permitirá a los miembros de las Hermandades conocer y consguientemente gozar la propia condición de bautizados: saber lo que se es, saber por qué se es, saber pra qué se es cristiano: una conciencia que llena de gozo al sujeto que lo posee.

4.3.2. La Formación permite poner por obra lo que el apóstol Pedri decía ya a los primeros cristianos: "estar condiciones de dar razón de nuestra y de nuestra esperanza a todo el que nos la pida" (cf. 1Pe 3,15).

4.3.3. La Formación hace posible, por último, afrontar un problema que, unas veces de forma consciente y otras de forma inconsciente en la vida de las Hermandades. Me refiero al binomio "estética-compromiso cristiano". Hablando en términos generales, se puede afirmar que en los últimos cincuenta años las Hermandades han mejorado sensiblemente en los aspectos organizativos y de forma muy particular en lo que podamos llamar los aspectos "estéticos" de la propia Hermandad: el esplendor de las Funciones principales (uso del incienso, cuerpo de acólitos revestidos de dalmáticas, capillas musicales, esplendor del exorno del Altar de culto, estrenos de elementos de vestuario y enseres, exorno de los pasos tanto de Misterio como de Virgen, bandas de música, orden y disciplina en la Estación de Penitencia, delicadez y hasta elegancia en la forma de llevar los "pasos", etc.). Correlativamente, también ha mejorado el funcionamiento de las bolsas de caridad.

4.3.4.
Quiero referirme, aunque sea algo de pasada, a un campo que, de forma casi insensible, está siendo minado. Me refieron a la íntima relación que existe en las Hermandades, especialmente, entre la estética y el compromiso cristiano. Son campos, evidentemente, bastante diversos y, en ese sentido, perfectamente individualizables. Pero, en la realidad de la vida, uno (la estética) se 'come' o reduce al otro (el compromiso) a un segundo o tercer lugar. Es preciso establecer entre ellos una auténtica tensión dialéctica: es decir, hay que afirmar al mismo tiempo los dos términos del binomio, estableciendo sin embargo entre ellos lo que podría llamarse un paralelismo asimétrico. Solamente una Formación seria y constante, permitirá a las Hermandades llegar a un sano y no siempre fácil equilibrio entre la preocupación estética (imágenes hermosas y devotas, ricos vestidos, música, cultos y funciones solemnes) y los compromisos cristianos a que nos hemos referido más arriba. Sin Formación el resultado está más que cantado: los aspectos estéticos prevalecerán sobre los compromisos institucionales de la Hermandad. La mayor parta del Presupuesto de la Hermandad, por ejemplo, irán destinados a asegurar todos esos elementos mencionados anteriormente y que pertenecen a la dimensión estética de la Hermandad.

La Formación permanente permitirá además a los miembros de las Hermandades ver valientes constructores y no simplemente resignados y tristes sufridores del futuro.

4.4. Cauces de Formación

Para que la Formación no quede en palabras ni en simples buenos deseos, es peciso que cuente con cauces bien concretos y determinados que sirva a la consecución del fin propuesto.

Antes de señalar, a modo de ejemplo, algunos de esos cauces, es necesario recordar dos principios de particular importancia:

1º. El primer y principal responsable de la propia Formación es uno mismo. Una persona no se forma si no tiene la voluntad política de formarse. Frente a una pertinaz inapetencia formativa hay poco que hacer, porque uno no se forma si no quiere. Querer formarse es el primer y decisivo paso para emprender y perseverar en el camino de la formación.

2º. Dada la importancia enorme que -según hemos visto- la Formación tiene en estos momentos para el futuro del cristianismo, la Hermandad tiene que agenciar y poner al servicio de todos sus miembros, iniciativas concretas y realizables de formación. Una Junta de Gobierno no puede quedar impasible ante la falta de formación que acusan con demasiada frecuencia los Hermanos y Hermanas que integran su Hermandad.

Estos dos Principios establecen, de forma natural, los dos nievles de cauces formativos: el cauce personal y el cauce institucional.

4.4.1.
En el cauce personal se pueden señalar:

- Compromiso de hacer un momento diario de Oración personal.

- Lectura y reflexión del Evangelio del día.

- Lectura reflexionada y, a ser posible, guiada de alguna obra formativa sobre todo en el campo de la Teología cristiana: Dogma y Moral.

4.4.2. El cauce institucional, ofrecido por la propia Hermandad, puede concretarse así:

- Asumir e insertarse en los Planes pastorales de la propia Diócesis.

- Fomentar Grupos de reflexión sistemática sobre el Misterio cristiano.

- Fomentar, sobre todo entre los/as Hermanos/as jóvenes, Grupos de preparación específica al Matrimonio.

- Planificar, dentro de un Programa formativo homogéneo, los diversos momentos formativos del año de forma que no sean elementos que se yuxtaponen, sino elementos que se integran y complementan:

* Triduo al Santísimo.
* Quinario o Novena al Señor.
* Triduo o Septenario a la Virgen.
* Charlas con diversos motivos: efemérides, estrenos, etc.


Conclusión: Hermandades, más futuro que pasado: ¿a condición de qué?


Existen voces que comienzan a alertar sobre el futuro, más o menos incierto, de las Hermandades. Parece como si el entusiasmo que se ha vivido en los últimos veinte años se estuviera viniendo hacia atrás. Se tiene la impresión de que las jóvenes generaciones no sienten por las Hermandades aquel atractivo que sintieron los Hermanos y Hermanas de hace unas décadas. ¿Es cierta esa impresión? ¿Es objetiva?

Sea como fuere, lo cierto es que, el momento de profunda transformación epocal que estamos viviendo, el desafío cultural al que tiene que hacer frente la Iglesia hoy, la supervivencia vigorosa de las Hermandades en el futuro hacia el que vamos, están pidiendo a las propias Hermandades una valiente respuesta para no convertirse en sal y fermento que han perdido su capacidad de salar y fermentar la masa.

Esta respuesta solo será posible, por una parte, contando siempre con la presencia viva y activa del Espíritu Santo; y,por otra, con el compromiso de formación que asuman las Hermandades.

Por mi parte, concluyo haciendo una especia de Acto de fe personal:

* La estética no salvará a nuestras Hermandades.

* El simple culto no transformará a nuestras Hermandades.

* Ni siquiera la sola Caridad será una nota identificativa de nuestras Hermandades.

* Solo una Formación contínua integral garantizará -como verdadero elemento estratégico-, una permanente e imprescindible renovación que integre de forma armónica y enriquecedora en cada momento, la estética, el culto, la caridad y el compromiso cristiano de nuestras Hermandades en la sociedad actual.

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