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Es verosímil que la Ermita de San Antonio en el Monte Hacho de Ceuta se edificara en los primeros años después de la conquista.

Dos razones o circunstancias coincidieron a que así sucediera. En primer lugar, la naturaleza de los conquistadores, que como es sabido eran portugueses, lo que hizo que se introdujera con ellos, fuertemente, la devoción del Santo lisboeta en la ciudad de Ceuta. En segundo lugar, los capellanes de la flota que les acompañaron pertenecían a la Orden franciscana, a la que San Antonio también pertenecía.

Todo ello contribuyó, sin duda, a que, entre las primeras Iglesias o Ermitas edificadas en Ceuta, una de ellas fuera la del Santo popular, franciscano y portugués, San Antonio de Padua.

La hermosa Ermita, que domina desde su mítica altura toda la panorámica de Ceuta y secularmente se mira en las azules aguas mediterráneas, estuvo bien conservada a aseada, según lo reconoce el Obispo, Don Antonio de Medina Cachón y Ponce de León, en 1678: “y habiendo visitado por Nos personalmente y por ante nuestro infrascrito Secretario de Cámara, Notario Mayor de Visitas y extramuros de esta ciudad, su altar y ara lo hallamos limpio y aseado y encargamos mucho que así continúe…”.


Años más tarde, sin embargo, la Ermita quedó abandonada, mereciendo de otro Prelado un juicio totalmente opuesto al emitido aquí, tan laudatorio, por el primer Obispo de la Corona de Castilla.

En un principio la Ermita carecía de espadaña, que se construyó en el último lustro del siglo XVII, a la que se llamó torre, y se hicieron sus portalones.

Los capellanes residían en el Monte Hacho en casa adosada a la Ermita y con puertas que comunicaban con ella.

En la actualidad, en la casa contigua a la Ermita con directa y visible comunicación con ella, se sitúa las dependencias de la Cofradía de San Antonio, contando con sala de exposiciones, sala de juntas, despacho, además de un almacén.

El escalón de acceso al altar mayor de la Ermita goza de una extraña y curiosa tradición. Las jóvenes sin compromiso matrimonial cumplen un ritual pintoresco que consiste en sentarse sobre el citado escalón de mármol y pedir en esa actitud al Santo que le conceda un novio. Con esa esperanza suben a la Ermita muchísimas jóvenes que cumplen con el rito y pronto alcanzan la gracia solicitada.

El célebre escalón de mármol, con tanta original sentada, se ve sensiblemente rebajado

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