La relación entre Ceuta y Gibraltar fue siempre estrecha, por cuanto su proximidad geográfica está a la vista de sus ciudadanos. Su enfrentada posición en el Estrecho no se corresponde con las buenas relaciones que hubo entre ellas y que hizo, de sus puertos, emisores y receptores de personas y bagajes.

Si Ceuta era para Gibraltar un suministrador de mercancías exóticas procedentes de Africa o Asia, de Gibraltar llegaban a Ceuta los necesarios suministros para su supervivencia, hasta la ocupación británica.

Del mismo modo, las amenazas bélicas y sanitarias tenían su defensa en sus respectivos puertos, por lo que en ocasión de epidemias en la Península, se esperaba a ver si llegaban a Gibraltar para establecer los pertinentes cordones sanitarios, cuarentenas y hasta cierres de puerto, como ocurría a la inversa.

En 1651 la epidemia de peste levantina que llegó al Estrecho no lo cruzó, lo que los ceutíes entendieron como intercesión de su Patrona, a la que expusieron en la muralla norte, mirando a la Península, y rezando solemne Salve, para que protegiera a sus hermanos del Peñón.

Con eso hecho en la memoria, durante la epidemia de 1679 fueron los propios gibraltareños quienes rogaron al Cabildo Catedralicio que permitiera una nueva protección de la imagen para que extendiese su protección a la ciudad de Gibraltar, que se veía diezmada por la enfermedad.


A finales de esa centuria y comienzos de la siguiente, los vínculos se fortalecieron al contar con el gibraltareño Diego de Astorga y Céspedes como Vicario General y Gobernador del Obispado de Ceuta, en ausencia del Prelado Vidal Marín. Astorga mantuvo siempre su devoción por nuestra Advocación, con donaciones económicas y materiales, concesión de indulgencias y constantes comunicaciones. No era poco consuelo, ya que gozó del mayor de los prestigios y obtuvo la más importante de las prebendas de la Iglesia española: el Arzobispado de Toledo con su correspondiente birrete cardenalicio.

Durante el siglo XIX las epidemias de cólera alarman a las poblaciones españolas, especialmente en 1855 y 1866 momentos en que Gibraltar renueva sus peticiones de consuelo a nuestra Patrona, olvidados ya los conflictos bélicos a propósito de su recuperación, aunque no las reivindicaciones políticas.

Momento de especial importancia lo constituye la romería realizada por un numeroso grupo de católicos del Peñón al Santuario de Nuestra Señora de Africa, el 8 de julio de 1877. Llegaron a la ciudad, desembarcando en el muelle de Comercio y dirigiéndose procesionalmente hasta el templo, donde fueron recibidos por una comisión del Ayuntamiento compuesta por los tenientes de alcalde Rodríguez Osete y Pro Trujillo, y los concejales Navarro Martínez y Tendero Cruz. Además, había otras muchas autoridades civiles, miembros del Cabildo Catedralicio, clero y numerosos fieles.

Algunas de estas costumbres como el rezo de la Salve de cara a la Península, perviven hoy. Otras, como las peregrinaciones y romerías decayeron, aunque quizá, con motivo de los hermanamientos de la Cofradía con otras hermandades patronales de la comarca vecina puedan renovarse en el futuro.


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