Al marcharse Judas se calma el ambiente en el Cenáculo. Jesús recupera la serenidad al superar la turbación que le produce la presencia del traidor. Todos participan de ese nuevo clima apenas perceptible, pero real. Como en un respiro interior y externo dice: "Hijitos". Nunca les había llamado así. Eran discípulos, e incluso amigos, pero ahora les llama hijitos. No es sólo un desbordarse de ternura, es una identificación tan grande con el Padre que siente la misma paternidad en su alma. Él es el Hijo que viene a hacer nuevos hijos de Dios, es el primogénito entre muchos hermanos. Pero ahora, además de hermano mayor, siente la paternidad del Padre, y les ama con un doble amor: fraternal y paterno.

Nuevo mandamiento
Luego añade el mandamiento nuevo. "Todavía estoy un poco con vosotros. Me buscaréis y como dije a los judíos: a donde yo voy, vosotros no podéis venir; lo mismo os digo ahora a vosotros. Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor entre vosotros"(Jn). Parece extraño que les diga que es nuevo el mandamiento del amor cuando ha sido tantas veces repetido en la Ley antigua, pero hay una novedad: entregarse como Dios se entrega. Sólo cuando se entiende este mandamiento se puede entender a Cristo y al mismo Dios. Dios se da, y Cristo, como hombre, también se da en amor total.

Institución de la Eucaristía
Sigue la cena pascual y toman el cordero como lo han hecho otras muchas veces. Hay oraciones, y, sobre todo, silencios. Jesús no dice nada. Cuando, de pronto, se levanta, toma el pan, lo parte, haciendo que llegue a todos un trozo, y dice: "Tomad y comed. Esto es mi cuerpo" (Mt). Ha llegado el momento de la gran entrega. No se trata sólo de dar un beneficio, una nutrición necesaria para la vida, sino que es el amor que se da. Aquel pan es Él mismo oculto en las apariencias del pan. Jesús había dicho que era el pan de vida, y que les daría ese pan; ahora lo está haciendo. Ante sus ojos se acaba de dar un cambio sustancial. Allí, ante ellos, en sus manos, está el mismo Jesús oculto por amor para ser alimento de sus almas y de sus cuerpos, para entrar en comunión con ellos. Lo íntimo del pan experimenta una conversión causada por la omnipotencia divina y por el amor que se da. Ya no es pan, sino que es el cuerpo de Cristo. La Vida se hizo carne en la encarnación, ahora la vida se oculta y se manifiesta en un alimento. Junto al cuerpo está el alma y la divinidad. Es la máxima presencia de Dios que se entre los hombres sin alterar el modo humano de existir.

Es un verdadero sacrificio sacramental. En la antigua ley se hacía sacrificios sangrientos, pero también sacrificios de comunión. El de Jesús es de comunión de la nueva Alianza. La causa es un amor de locura. No es sólo el amor que da, es el amor que se da. Dios se da en un acto humilde y omnipotente al tiempo. El amor lo exige porque anhela la comunión. El que coma de ese pan vivirá para siempre y resucitará glorioso. Este pan es vida del mundo, vida de la nueva Iglesia que se reunirá para administrar este don de Dios a los hombres.

En el tercer cáliz de bendición Jesús lo toma y, habiendo dado gracias, se lo da a ellos diciendo: "Bebed todos de él; porque esto es la sangre mía, de la alianza"(Mt). De nuevo la conmoción recorre la sala. En los antiguos sacrificios de Abraham, de Isaac, de Jacob, de Moisés y Josué la sangre había sellando la sorprendente alianza de Dios con los hombres. Ahora esa alianza se realiza en una sangre más preciosa: la de Jesús. Es el precio de la nueva alianza. Cristo, Dios y hombre en única persona, representa a Dios y también representa a la humanidad. Es una alianza verdadera y definitiva en Jesús.

la nueva alianza
La unión de Dios y el hombre en Jesús es total y perfecta. Pero los hombres seguían estando en pecado. Era necesaria una reconciliación, que iba a realizarse con sangre. Esta sangre que se entrega con amor generoso para la salvación de la multitud, es "derramada por muchos"(Mc), para la "remisión de los pecados"(Mt) es la del Hijo de Dios. Ya había anunciado Jesús que "el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan sino para servir y dar la vida en rescate por muchos"(Mc). Se hace realidad esa promesa.

Esa alianza es "nueva". Todas las alianzas anteriores se habían hecho en vistas a la de Cristo. El perdón concedido entonces era dado en función del sacrificio de Jesucristo. Ahora el perdón tiene una prenda externa.

El mandato
Por último, Jesús añade tras comida del pan y del vino: "haced esto en memoria mía". Es el mandato del nuevo sacerdocio. El único sacerdote es Cristo, la víctima ofrecida es Él mismo. Los nuevos sacerdotes participarán en ese sacerdocio con el gesto de repetir esa consagración del pan y del vino, de "la fracción del pan". Por esto Pablo recuerda que "cuantas veces comáis este pan y bebáis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que venga".

Este es el momento central de la Cena: ha sido instituido el sacramento de la Eucaristía y del sacerdocio. Ha comenzado una nueva alianza entre el amor de Dios que se da y el de los hombres que pueden entrar en comunión con Dios de un modo humilde y grandioso.

"Como yo os he amado" les había dicho. Es la medida del amor entre los discípulos. Jesús vive un amor que no se detiene ante nada. Es entrega total. Antes de Cristo todos los amores humanos estaban limitados por diversas formas de amor propio, ahora se revela un amor de verdad, un amor total, un amor que es don de sí, hasta el extremo que parece locura a los que mueven en los estrechos horizontes del amor interesado.

María y las mujeres
Después llevan el pan y el vino consagrados a María y las mujeres. Ellas también pueden comulgar el cuerpo de Cristo transfigurado, presente y oculto. María vuelve a vivir la comunión como cuando el Verbo se hizo carne en sus entrañas virginales. Ahora conoce mucho más a Jesús y le ama más aún. La unión y la comunión es más intensa que entonces. Y María renueva su entrega a la manera que ve hacer en su Hijo. Ella sí que sabe lo que va suceder. Ella comprende el amor de Dios; por eso ama con todas sus fuerzas, con todo su alma y con todo su corazón, con un amor en el que cuenta poco el estado de ánimo.

El amor convertido en pan
Los discípulos serán reconocidos por el amor que se tienen, un amor como el de Jesús, en el que cada uno, en cierta manera, es pan para ser comido por los otros. La omnipotencia de Dios ha permitido que ese darse se materialice en la conversión eucarística -la transubstanciación-. Ellos sólo pueden dar su tiempo, sus conocimientos, su afecto, su fe, su fortaleza. No pueden tanto como Jesús, que se da a sí mismo; no pueden convertirse en pan; pero si conseguirán que su sangre se convierta en semilla para nuevos cristianos. Un camino nuevo en la tierra.


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