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Oración sacerdotal de Jesús
Jesús mira al Padre y habla con Él en voz alta. La emoción es máxima. Van a descubrir lo que hay en el corazón de Jesús. "Jesús, dicho esto, elevó sus ojos al cielo y exclamó: Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique; ya que le diste poder sobre toda carne, que Él dé vida eterna a todos los que Tú le has dado"(Jn). Es la hora establecida desde la eternidad, la hora de las tinieblas, pero también la hora del máximo amor divino y humano, la hora de la redención, la hora del sacrificio perfecto. Todo está preparado, pero hay que vivirla con intensidad.

"Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero y a Jesucristo a quien Tú has enviado. Yo te he glorificado en la tierra: he terminado la obra que Tú me has encomendado que hiciera. Ahora, Padre, glorifícame Tú a tu lado con la gloria que tuve junto a Ti antes de que el mundo existiera"(Jn). Sólo el que comprende el amor del Padre puede comprender el amor del Hijo. Jesús es el único que puede corresponder a ese don íntegro del Padre con un don de sí mismo también perfecto que, además de divino, es plenamente humano. La gloria es el amor entre Padre e Hijo, pero en Jesús está oculto en su humanidad. La gloria de la resurrección descubrirá el nuevo rostro del Padre en el Hijo.

Ruega por los discípulos
El pensamiento de Jesús va del Padre a los discípulos, y reza por ellos. "He manifestado tu nombre a los que me diste del mundo. Tuyos eran, me los confiaste y han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me has dado proviene de Ti, porque las palabras que me diste se las he dado, y ellos las han recibido y han conocido verdaderamente que yo salí de Ti, y han creído que Tú me enviaste. Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo sino por los que me has dado, porque son tuyos. Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío, y he sido glorificado en ellos"(Jn). A Jesús le alegra la fe de los discípulos, ruega por ellos al Padre, y los coloca en el intercambio de amor entre el Padre y el Hijo, como miembros de sí mismo Cristo. Como si fuesen otros Cristos.

"Ya no estoy en el mundo, pero ellos están en el mundo y yo voy a Ti. Padre Santo guarda en tu nombre a aquellos que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba con ellos yo los guardaba en tu nombre. He guardado a los que me diste y ninguno de ellos se ha perdido, excepto el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura"(Jn). Judas es la espina más dolorosa de la Pasión, en él el amor ha sido frustrado libremente. Dios salva, pero no suprime la libertad real de los hombres, tampoco la de Judas. Cristo protege a los suyos con su presencia, pide ahora que el Padre prosiga con esa protección. Y añade "pero ahora voy a Ti y digo estas cosas en el mundo, para que tengan mi gozo completo en sí mismos"(Jn).

"Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo como yo no soy del mundo. No pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno. No son del mundo como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu palabra es la verdad. Como Tú me enviaste al mundo, así los he enviado yo al mundo". Jesús es enviado por el Padre al mundo como luz y como salvador. Del mismo modo, los suyos deben ser del mundo sin ser mundanos con la ayuda del Padre y el ejemplo del Hijo. Su oración crece en intensidad, "por ellos yo me santifico, para que también ellos sean santificados en la verdad". Esta es la meta santificarlos, purificarlos, endiosarlos, divinizarlos con la vida divina.

Que todos sean uno
En un paso más allá, Jesús mira a todos los que creerán en Él a lo largo de la historia con sus mil vicisitudes. "No ruego sólo por éstos, sino por los que han de creer en mí por su palabra". Y la gran petición: "que todos sean uno; como Tú, Padre, en mí y yo en Ti, que así ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado"(Jn). Es la unidad de la humanidad creyente con Dios unidas como las personas divinas lo están, en una comunión perfecta. "Yo les he dado la gloria que Tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno. Yo en ellos y Tú en mí, para que sean consumados en la unidad, y conozca el mundo que Tú me has enviado y los has amado como me amaste a mí. Padre, quiero que donde yo estoy también estén conmigo los que Tú me has confiado, para que vean mi gloria, la que me has dado porque me amaste antes de la creación del mundo"(Jn). La petición se desborda; pide mucho, pide que la unión sea una auténtica comunión de amor.

Y, de nuevo Jesús eleva su oración a Dios Padre en un canto de alabanza. "Padre justo, el mundo no te conoció; pero yo te conocí, y éstos han conocido que Tú me enviaste. Les he dado a conocer tu nombre y lo daré a conocer, para que el amor con que Tú me amaste esté en ellos y yo en ellos"(Jn).

Se ha hecho la noche cerrada, debe ser medianoche. Jesús ha volcado su alma en los suyos, se ha entregado en el misterio de amor que es la Eucaristía, ha instituido el sacerdocio de la nueva alianza, ha explicado todo lo que hay en su corazón, Ya no hay sitio para muchas más palabras. Ha llegado el momento de los hechos. "Después que Jesús dijo estas cosas, salió con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón"; y se dirige "hacia el Monte de los Olivos según costumbre"(Lc).


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