Se suele decir que Jesús fue juzgado dos veces antes de la condena a muerte. Más bien fue juzgado seis veces, ante personajes bien distintos. El Inocente comparece ante diversas personas. Anás, Caifás, el Sanedrín, Pilatos, Herodes y las masas representan otras tantas actitudes que condenarán -y serán condenadas- por el verdadero Juez que se presenta despojado de todo poder externo, pero con la verdad y la justicia. Jesús se presenta ahora inerme, sin armas; pero armado sólo con la fuerza de un amor que no va a detenerse ante la injusticia, el odio o la debilidad. Los juicios van a mostrar la verdad de cada uno. Jesús será quien conduzca los diálogos. Calla cuando conviene y habla cuando es necesario. En cada juicio queda claro un aspecto de su identidad y de su misión. Y, por contraste, quedan en evidencia la ambición y la utilización del poder y la avaricia y personales de Anás, o la verdad religiosa de Jesús ante Caifás, la debilidad de Pilatos, la corrupción de Herodes y la furia de las masas.

El juicio ante Pilatos
Al acabarse el juicio ante el Sanedrín todo ha quedado claro. Jesús ha manifestado la verdad ante la máxima autoridad de Israel y con todas las garantías de ser escuchado. Los que creen en Él están consternados y no saben que hacer. Los que dudan están más inclinados a la condena, y los conspiradores se alegran del éxito tan fácil que han tenido. Pero conviene explotar el éxito y darse prisa, antes que se provoque un motín en el pueblo, quizá entre los galileos, o entre los poderosos creyentes en Jesús. Por eso "condujeron a Jesús de Caifás al pretorio. Era muy de mañana". Lo tienen todo previsto se trata de comprometer al romano para que condene a Jesús. De este modo, los seguidores de Jesús culparán al extranjero, y Pilatos puede quedar, públicamente, como ejecutor de la decisión.

Los comienzos son desafiantes y despectivos con el procurador "ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder comer la Pascua". No les abandona la mentalidad hipócrita; observan la tradición, mientras mienten, odian, traicionan y buscan la muerte injusta.

Pilatos
"Entonces Pilato salió fuera donde estaban ellos". Es de suponer el malhumor con que atiende Pilatos a los judíos. Había sido elegido procurador en tiempos de antisemitismo, pues lo judíos habían sido expulsados de Roma. Pilato era el típico gobernador de provincias; aunque su matrimonio con Claudia Prócula, de la familia imperial, debió ser uno de los motivos de su nombramiento: duro, expeditivo, pero conocedor del derecho romano. Le molesta el carácter judío, y lo exterioriza despreciando sus costumbres tan puntillosas. Se repone de su estado de ánimo y pregunta: "¿Qué acusación traéis contra este hombre?". Quizás, sorprendido de la calidad de los acusadores, pues muchos son del sanedrín y sus doctores, se da cuenta de que están allí por una cuestión importante. Sin embargo, el primer paso es intentar manipularle como mero ejecutor de las decisiones del Sanedrín. Por eso le respondieron: "Si éste no fuera malhechor no te lo hubiéramos entregado. Les dijo Pilato: Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra ley. Los judíos le respondieron: A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie"(Jn). El sanedrín tenía jurisdicción religiosa, y Pilato tenía el poder militar y el judicial. En la fortaleza Antonia, situada en la esquina del Templo, había unos seiscientos soldados además de la guardia de Pilato, que se había desplazado allí aquellos días desde Cesarea marítima. Pero Pilato no consiente en ser mero ejecutor, y quiere acceder a un verdadero juicio. Él sabía bien cómo funcionan los juicios. "Así se cumplía la palabra que Jesús había dicho al señalar de qué muerte había de morir".

Preocupación de los judíos
Los judíos sienten que se les escapa la primera intentona, y que todos sus propósitos pueden fracasar si Pilatos hace un juicio en toda regla. Se agitan y preparan un acusación: "Y comenzaron a acusarle diciendo: Hemos averiguado que éste perturba a nuestra nación y prohibe pagar los impuestos al César y se llama a sí mismo Mesías rey" (Lc). La mala voluntad y la deformación de la verdad es patente. Jesús no perturba a la nación, sino que anuncia un mensaje de amor hasta el fondo del corazón. En cuanto al tributo sus palabras fueron “dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. Nada de rebelión en este punto. Es impensable que Pilatos no estuviese enterado de estas cosas. Tenía buenos sistemas de información, y no podía pasar inadvertido un personaje tan singular con tantos partidarios. Es posible que en el mismo pretorio algunos soldados o funcionarios fuesen más o menos creyentes en el nuevo profeta, como era el caso del centurión de Cafarnaúm.

Comienza y termina el proceso
Pero quedaba aún la acusación definitiva. El reo se proclamaba rey, y eso debía aclararse. Es cierto que no le constaba ningún movimiento rebelde, pero podía estar incubandose un nuevo levantamiento de los muchos que ocurrían en aquellas tierras. Por eso Pilato aceptó la acusación. Y empieza el proceso al modo romano, "entró de nuevo en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres tú el Rey de los judíos?". Primero había que escuchar al reo: lo imponía la ley romana y el sentido más elemental de justicia, saber la verdad para poder juzgar. Ante el interés por conocer la verdad Jesús no calla y contestó: "¿Dices esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí?". Pilato respondió: "¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los pontífices te han entregado a mí: ¿qué has hecho?". Quiere saber si es un rebelde al poder de Roma, o si es un aspirante a rey; no le importan las ideas judías; las desprecia. Una vez aclarado esto, Jesús respondió algo de una gran importancia: "Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores lucharían para que no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí"(Jn). Si no es de este mundo, ni es de aquí, ¿de dónde es? no puede ser más que espiritual, y dejando los reinos de los hombres a su libre disposición, lo único que pretende es reinar en los corazones y las intenciones. Se trata de un reino religioso. No entra por tanto en el ámbito del juicio de Pilato. Esto coincidía con la información que tenía el gobernador respecto a Jesús. Sin embargo, puede más su curiosidad, y Pilato le dijo: "¿Luego, tú eres Rey?" ¿En qué consiste tu realeza? Jesús contestó: "Tú lo dices: yo soy Rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad escucha mi voz"(Jn). Hay como un acento amoroso de Jesús hacia Pilato como diciéndole que si ama la verdad podrá acceder a ella, pues esa es la meta de la venida al mundo de quien es el camino, la verdad y la vida. La reacción de Pilato revela lo que lleva dentro: es un escéptico, y le dijo: "¿Qué es la verdad?"(Jn). La única verdad que entendía era la del poder, la del triunfo social, la del dinero y la fama y los honores. ¿La verdad? era una cuestión que interesaba a unos pocos iluminados casi siempre marginales en la sociedad. La única verdad era la suya, que era poderoso.

La sentencia
El juicio había concluido. Ya podía darse sentencia. Pilato ya sabía a qué atenerse. "Y en diciendo esto, salió de nuevo a los judíos y les dijo: Yo no encuentro en él culpa alguna"(Jn). Lo lógico era, pues liberarle; era lo justo, lo que marca el derecho y la conciencia humana. Pero las cosas no eran tan fáciles como deberían ser, y Pilato fue débil ante las presiones de los judíos. "Y aunque lo acusaban los príncipes de los sacerdotes y los ancianos, nada respondió. Entonces Pilato le dijo: ¿No oyes cuántas cosas alegan contra ti? Y no le respondió a pregunta alguna, de tal manera que el procurador quedó admirado en extremo"(Mt). Jesús calla, pues todo ha quedado claro en el juicio ante Caifás y ante el Sanedrín. Él sólo quiere la verdad y entregarse en sacrificio. Pilato se sorprende del griterío que contrasta con la paz de Jesús. Algo nuevo le sorprende; pero en vez de cortar las acusaciones, escucha las presiones, sin fuerza para plantarles cara. Y repite su dictamen, pero cada vez con menos fuerza: "Dijo Pilato a los sumos sacerdotes y a la muchedumbre: No encuentro ningún delito en este hombre. Pero ellos insistían diciendo: Subleva al pueblo, enseñando por toda Judea, comenzando desde Galilea, hasta aquí"(Lc). Al oír la palabra Galilea se le hace una luz para solucionar ese enojoso problema: enviará a Jesús a que lo juzgue el rey de Galilea, que es Herodes. Y aquí comienza una nueva serie de injusticias que concluirá de mal modo.

Jesús es llevado a Herodes
Los soldados cogen a Jesús y lo llevan al palacio de Herodes que estaba cerca de la casa de Caifás en la parte alta de la ciudad. Todo el mundo en Jerusalén pueden enterarse que Jesús ha sido detenido. El factor sorpresa pretendido por los sanedritas para matar a Jesús sin tumulto se ha perdido. Y comienza el cortejo, atravesando toda la ciudad en momentos en que la gente bulle de un lado a otro, todos se enteran.

Herodes "estaba también aquellos días en Jerusalén"(Lc). Y va a empezar el sorprendente proceso. "Herodes, al ver a Jesús, se alegró mucho, pues deseaba verlo hacía mucho tiempo, porque había oído muchas cosas acerca de Él y esperaba verle hacer algún milagro. Le preguntó con mucha locuacidad, pero Él no le respondió nada"(Lc).

La actitud de Cristo ante Herodes contrasta de nuevo, con la que tuvo ante Pilato. Jesús "no respondió nada" a la locuacidad del que le podía conseguir la libertad de sus acusadores. La postura del Salvador es de sencillez y, por otra parte, de severidad. Su silencio es como un castigo ejemplar por la conducta anterior de Herodes, y en el mismo juicio. Herodes quiere convertir a Jesús en protagonista principal de un espectáculo en un acto de frivolidad extraordinario.

"Herodes, junto con sus soldados, le despreció, se burló de él poniéndole un vestido blanco, y le envió a Pilato"(Lc)

Y..."Herodes y Pilatos se hicieron amigos aquel día, pues antes eran enemigos entre sí"(Lc). Va a ocurrir varias veces en este proceso que se hagan alianzas y amistades a causa de las injusticias cometidas contra el inocente. Durarán poco, pero da la impresión de que cada uno piensa en justificar la propia conducta con el hehco de que los otros también han obrado mal y contra todo derecho.

Jesús vuelve a Pilato
Por tercera vez Jesús cruza Jerusalén. Las gentes se enteran de lo que está pasando. El factor sorpresa ya no existe. Corre la voz del prendimiento de Jesús. Amigos y enemigos se enteran. Pero los amigos se dejan ver poco, o casi nada. El miedo y el desconcierto es mayor que la fe. Los enemigos en cambio están activos, y se reúnen en torno al Pretorio. No son muchos, pero son un grupo que lo llena todo, y se hace notar con sus gritos. Los judíos conocen y manejan bien el poder de los agitadores de masas.

Jesús calla ante la injusticia, las burlas y las humillaciones. Parece que las quiere. Es un misterio. Sólo habla cuando se trata de declarar la verdad de su identidad como Mesías rey e Hijo de Dios. Hay un propósito silencioso en el corazón de Jesús: convertir aquellas injusticias en un verdadero sacrificio. Por eso no se defiende ni con su poder divino, ni con los medios humanos. Quiere realizar una justicia que supere la forma humana de impartir justicia. Quiere que los hombres recuperen su condición de hijos de Dios y sean perdonados por el Padre. Él será la víctima del sacrificio que se ofrece en una entrega de amor y de obediencia.

Pilato se disgusta al volver a ver a Jesús, y ante el resultado de la gestión ante Herodes, y se vuelve a encarar con los judíos. Pero no hace lo único honrado que es liberar al justo.

Y “convocó a los príncipes de los sacerdotes, a los magistrados y al pueblo, y les dijo: Me habéis presentado a este hombre como alborotador del pueblo. Y he aquí que yo le he interrogado delante de vosotros, y no he hallado en este hombre delito alguno de los que le acusáis; ni tampoco Herodes, pues nos lo ha devuelto; por tanto, nada ha hecho que merezca la muerte. Así que, después de castigarle, lo soltaré"(Lc).

A pesar de su inocencia
Dos sentencias de absolución. Evidencia de la inocencia en tribunales distintos. Pero no lo suelta. Es débil ante las presiones de los judíos. Y decide contra toda justicia castigarle. Es como una explosión de malhumor propia del que es débil y no quiere aceptarlo. Ningún motivo hay para castigar a Jesús, que a partir de aquel momento va a ir descendiendo cada vez más a lo más profundo de la escala de la humillación.

La declaración de que después de castigarle le soltará agita a los judíos que quieren que Jesús muera, y reúnen gente alrededor del pretorio para presionar con sus gritos. El ambiente es cada vez más violento, y Pilato lo fomenta con su indecisión y con su debilidad.

La indecisión de Pilato
En aquella indecisión Pilato advierte una jugada que, en su ingenuidad, le parece maestra: aprovechar la tradición de soltar a un preso por la Pascua, comparando al justo Jesús con el asesino Barrabás.

Pilato, en vez de salir en defensa abierta del inocente, como era su deber, y se lo dictaba la conciencia, no quiere enfrentarse con los sanedritas.

Pilato vuelve al sitial de justicia y pregunta ¿A quién queréis que os suelte?; parece convencido de que su juego político le hará salir bien de aquel embrollo; pero escucha con asombro que ellos dijeron: "A Barrabás". La primera elección está hecha; piden la libertad de un preso, pero en realidad están pidiendo la ejecución de un inocente. Pilato queda desconcertado, no puede creer lo que oye: piden la libertad de un criminal, en lugar de un inocente; repite la pregunta, dos veces más, manifestación de su debilidad: "¿Qué haré entonces con Jesús, el llamado Cristo?"(Mt). Lo que tenía que hacer estaba claro: dejar a Cristo libre, pero una cuestión mal planteada no tiene fácil arreglo. Y la muchedumbre grita con furor: "Crucifícale, crucifícale".

Pilato permite la condena de un inocente haciéndose responsable ante la ley y ante su conciencia.


Normas Diocesanas
Hermandades y
Cofradías de Ceuta  
Cartel Hermandades de
Gloria 2017  
Revista Cruz de Guía y
Cartel Semana Santa
2017